Caminar es la actividad más antigua de la humanidad. Durante miles de años nadie caminaba por gusto: se caminaba para cazar, para huir, para comerciar o para rezar. La idea de echarse una mochila a la espalda y subir una montaña solo por el placer de hacerlo es, en realidad, bastante reciente. Y su historia explica muchas cosas sobre el equipo que usamos hoy.

De la necesidad a la peregrinación

Los primeros "senderistas" de largo recorrido fueron los peregrinos. Rutas como el Camino de Santiago llevan más de mil años moviendo a personas a pie a través de montañas y mesetas. No lo hacían por deporte, sino por fe, pero sentaron las bases de algo que reconocemos: caminar durante días, con lo puesto, siguiendo un sendero marcado y durmiendo donde se pudiera. Muchos de los senderos que hoy disfrutamos en Europa nacieron como vías comerciales o de peregrinación.

El romanticismo inventa la montaña bonita

El gran cambio llegó en el siglo XVIII y XIX. Hasta entonces, la montaña se veía como un lugar hostil, peligroso, algo que había que cruzar cuanto antes. Fueron los poetas y pensadores del Romanticismo quienes empezaron a mirar los picos con admiración en lugar de miedo. Subir una montaña pasó de ser una desgracia a ser una experiencia deseable. En los Alpes nació el alpinismo, y con él la primera generación de personas que ascendía cumbres por el simple reto y la belleza.

A finales del siglo XIX y principios del XX, con las ciudades creciendo y el trabajo industrial encerrando a la gente, salir al campo el fin de semana se convirtió en una válvula de escape. Surgieron los clubs excursionistas y las primeras asociaciones de montaña, que empezaron a señalizar senderos, construir refugios y divulgar la actividad. Caminar por la naturaleza dejó de ser cosa de peregrinos o exploradores para convertirse en un ocio popular y saludable al alcance de mucha gente.

Es también la época en la que el equipo empieza a especializarse. Aparecen las primeras botas pensadas para el monte, las mochilas con estructura y la ropa de abrigo específica. Todo aquello que hoy tenemos ultra-refinado —desde una buena mochila de un día hasta unas botas con suela de agarre— es heredero directo de aquellos primeros experimentos.

Llega el trail running

Correr por el monte tampoco es nuevo: los pastores, los mensajeros y algunos pueblos llevan siglos moviéndose rápido por terreno agreste. Pero el trail running como deporte con nombre propio es cosa de las últimas décadas. Nació de la mezcla entre el atletismo de fondo y el montañismo: gente que corría maratones y quería salir del asfalto, y montañeros que querían moverse más ligeros y rápidos.

El material acompañó esta revolución. Frente a la bota pesada y la mochila rígida, el trail running trajo las zapatillas ligeras con tacos, los chalecos ceñidos con soft flasks y una obsesión por el gramo de más. La nutrición en carrera —geles, barritas, sales— pasó de ser un detalle a ser una ciencia. Y con las carreras de ultradistancia, algunas de más de 100 kilómetros por alta montaña, el deporte alcanzó un nivel casi épico.

Dos formas de disfrutar lo mismo

Hoy conviven las dos almas de esta historia. Por un lado, el senderismo pausado: disfrutar del paisaje, hacer fotos, ir en familia, dormir en un refugio. Por otro, el trail running: la intensidad, la ligereza, el reto físico. No son rivales, son primos que comparten sangre: los mismos senderos, la misma ropa por capas, la misma necesidad de ir seguro y saber volver.

Y en el fondo, ambos responden a lo mismo que movía a aquellos peregrinos hace mil años: la necesidad, muy humana, de ponerse en marcha y ver qué hay detrás de la próxima colina. Lo único que ha cambiado es que ahora lo hacemos con mejores botas.


¿Preparando tu próxima ruta? Empieza por elegir bien tu equipo de senderismo y trail running sección por sección.

← Ver todas las guías